Las parejas sanas también discuten: lo que una discusión puede revelar sobre el amor

Existe una fantasía especialmente persistente sobre las relaciones felices.

En ella, dos personas se comprenden casi sin necesidad de explicarse. Hablan con calma. Resuelven sus diferencias antes de acostarse. Rara vez levantan la voz y, después de muchos años juntos, pueden pronunciar con cierto orgullo una frase que parece funcionar como certificado de calidad de la relación:

“Nosotros casi nunca discutimos”.

Es una imagen casi perfecta. 

El problema es que quizá hayamos confundido la ausencia de conflicto con la presencia de intimidad. Porque amar a alguien durante mucho tiempo no significa encontrarnos con una versión ligeramente modificada de nosotros mismos, sino convivir con otra biografía. Otra infancia. Otra sensibilidad. Otra manera de necesitar afecto, espacio, orden, libertad, sexo, seguridad o silencio.

Uno puede creer que llegar puntual es una forma de respeto; el otro piensa que diez minutos no significan nada. Uno necesita hablar cuando algo ocurre; el otro necesita retirarse primero para entender qué siente. Uno vive el dinero como protección frente al futuro; el otro lo experimenta como posibilidad de disfrutar el presente.

Y entonces sucede algo inevitable: dos mundos que se aman empiezan también a rozarse.

Quizá el verdadero misterio de una pareja no sea por qué discute, sino cómo podría no hacerlo.

Cuando discutir no significa que algo vaya mal

Durante mucho tiempo hemos hablado del conflicto como si fuera la fiebre de una relación: cuanta más discusión, mayor sería la enfermedad.

La investigación sobre parejas dibuja una realidad bastante más compleja.

Naturalmente, la calidez, el apoyo, la validación y la capacidad de escuchar se relacionan con el bienestar de la pareja. Pero algunos estudios han mostrado algo menos intuitivo: determinadas expresiones de desacuerdo o enfado no siempre predicen un peor futuro y, en ciertos contextos, pueden formar parte de conversaciones necesarias para afrontar problemas importantes.

Esto no significa que gritar, despreciar o herir al otro sea saludable. Significa algo mucho más interesante: no toda incomodidad es una señal de fracaso.

A veces una pareja necesita atravesar cierta tensión para modificar aquello que ya no funciona.

Hay conversaciones que incomodan porque ponen fin a una comodidad ficticia.

“Ya no quiero seguir ocupándome yo sola de todo.”

“Hace meses que siento que apenas estamos juntos.”

“No estoy bien con nuestra vida sexual.”

“Me preocupa cómo estamos gastando el dinero.”

“Cuando tu familia decide por nosotros, siento que desaparezco.”

Ninguna de estas frases garantiza una noche tranquila, pero evitarlas tampoco garantiza una buena relación. De hecho, a veces discutir es simplemente el sonido que hace una relación cuando intenta cambiar de forma.

También existe una paz que no es intimidad

Hay parejas que no discuten porque han aprendido a comprenderse, pero también existen parejas que no discuten porque han dejado de esperar algo la una de la otra. Desde fuera pueden parecer muy similares. Cenan tranquilamente. No hay grandes escenas. Cada uno conoce las costumbres del otro. La logística funciona. Pero el silencio puede contener cosas muy distintas.

En una pareja puede significar serenidad y en otra, resignación.

No preguntar porque conocemos la respuesta.

No decir lo que necesitamos porque pensamos que no servirá de nada.

Dejar de mencionar aquel resentimiento antiguo.

No volver a hablar del sexo que desapareció.

Aceptar que uno siempre organiza, recuerda, cuida o cede.

Aprender incluso a vivir alrededor de una ausencia sin pronunciar su nombre.

La falta de conflicto no siempre revela armonía. A veces revela que alguien ha dejado de protestar.

Y protestar, aunque resulte incómodo, todavía implica una expectativa: espero algo de ti porque esto todavía me importa. La indiferencia necesita bastante menos energía.

Rara vez discutimos solamente por los platos

Una de las observaciones más interesantes de Esther Perel sobre la vida de pareja es que muchas de nuestras discusiones cotidianas contienen conversaciones mucho mayores de lo que aparentan.

Creemos que discutimos por la cocina, por el teléfono, por llegar tarde, por el dinero, por quién llama a su madre, por quién recoge a los niños, por ese mensaje que no contestó, etc. Pero detrás de la superficie suele existir otra pregunta.

“¿Por qué nunca recoges?” puede esconder: ¿Te das cuenta de cuánto hago para que nuestra vida funcione?

“Siempre estás mirando el móvil” puede significar: ¿Sigo siendo capaz de captar tu atención?

“Haz lo que quieras” quizá sea una forma poco hábil de preguntar: ¿Hay espacio también para lo que yo necesito?

Y “no pasa nada” puede contener, precisamente, todo aquello que sí está pasando.

Las discusiones se vuelven diferentes cuando empezamos a escuchar no solamente la acusación, sino también la vulnerabilidad que intenta abrirse paso detrás de ella.

Detrás de muchas críticas puede haber una petición mal formulada.

Detrás del enfado puede haber miedo.

Detrás del control, inseguridad.

Detrás de la insistencia, deseo de importar.

No siempre sabemos pedir amor de una manera que parezca amor.

El problema no es únicamente discutir. Es qué hacemos con el otro mientras discutimos

Imaginemos dos frases.

“Últimamente me siento sola. Me gustaría que encontráramos más tiempo para nosotros.”

Y:

“Eres un egoísta. Nunca te ha importado esta relación.”

Quizá ambas hayan nacido exactamente del mismo dolor. Sin embargo, producen reacciones completamente distintas en quien las escucha.

En el trabajo de John Gottman sobre relaciones de pareja se hicieron especialmente conocidos cuatro patrones destructivos durante el conflicto: la crítica personal, el desprecio, la defensividad y la retirada o bloqueo de la comunicación. Lo interesante es que ninguno de ellos significa simplemente “estar en desacuerdo”. Podemos estar profundamente enfadados sin despreciar. Tambiém es posible decir “esto me ha dolido” sin convertirlo en “tú eres una persona horrible”. Y podemos necesitar alejarnos durante un rato porque estamos demasiado activados emocionalmente sin transformar ese silencio en un castigo. Es muy importante saber reconocer nuestra responsabilidad sin asumir que toda la culpa es nuestra.

Una relación saludable no es necesariamente una relación permanentemente serena. Tal vez sea una relación en la que incluso el enfado tiene fronteras. Hay cosas que decidimos no hacer con la persona a la que queremos, incluso cuando estamos enfadados con ella.

No humillarla.

No utilizar sus vulnerabilidades como armas.

No amenazar continuamente con marcharnos para obtener poder.

No castigarla retirando afecto durante días.

No convertir una conducta concreta en una sentencia sobre toda su personalidad.

Eso no elimina la intensidad, sino la hace habitable.

Y aquí conviene establecer una diferencia fundamental: hablar de conflicto saludable nunca significa normalizar violencia, coerción, intimidación, amenazas o miedo. Cuando la seguridad de una persona está comprometida ya no estamos hablando simplemente de dos maneras diferentes de gestionar un desacuerdo.

El conflicto que vuelve una y otra vez

Una de las decepciones más curiosas de las relaciones largas aparece cuando descubrimos que ciertas discusiones no desaparecen. Cambian de escenario, se disfrazan, se modernizan, pero regresan.

Al principio discutíamos porque uno quería quedarse hasta las tres de la madrugada con amigos y el otro prefería volver pronto. Quince años después discutimos porque uno quiere llenar las vacaciones de planes y el otro sueña con pasar tres días sin mirar el reloj.

La conversación quizá nunca fue realmente sobre aquella fiesta ni sobre estas vacaciones. Tal vez siempre haya sido sobre libertad y cercanía, sobre espontaneidad y seguridad, sobre cuánto espacio puede ocupar cada uno sin que el otro se sienta abandonado.

Muchas diferencias de pareja proceden de características relativamente estables: personalidad, sensibilidad, prioridades, formas de entender el dinero, necesidades de autonomía o maneras distintas de responder al estrés.

Uno necesita organizar y el otro necesita improvisar.

Uno quiere solucionar inmediatamente, pero el otro necesita tiempo.

Uno busca cercanía cuando siente miedo y el otro busca espacio.

La fantasía romántica nos dice que, si nos amamos suficientemente bien, llegará un momento en que el otro comprenderá que nuestra forma de ver las cosas era la correcta.

Probablemente, esto no ocurra. Quizá dentro de veinte años continúe queriendo planificar las vacaciones con seis meses de antelación. Y quizá la persona de la que se enamoró siga sintiendo una misteriosa resistencia a decidir el martes dónde cenará el sábado.

La madurez relacional comienza, en parte, cuando dejamos de intentar convertir toda diferencia en una batalla que alguien debe ganar.

Algunos problemas, sí, necesitan solución, pero la mayoria de otros problemas necesitan negociación y, algunos necesitan algo más difícil: aprender a convivir con una diferencia que probablemente nunca desaparecerá por completo.

Lo que ocurre después puede importar más que la discusión

Hay un instante en las parejas que resulta especialmente revelador. No sucede antes del conflicto, sino en mitad de él o justo después.

Cuando alguien dice: “Espera. Esto está saliendo fatal”, pero el otro reconoce: “No era necesario decirte eso.”

Cuando aparece una broma absurda y, contra todo pronóstico, los dos se ríen.

Entonces, cuando uno ofrecerá la mano, el otro decidirá tomarla.

Gottman denomina a este tipo de conductas intentos de reparación: gestos que interrumpen la escalada y buscan recuperar la conexión.

No tienen por qué ser discursos extraordinarios. A veces reparar es decir “empecemos otra vez”, o pedir perdón, reconocer una pequeña parte de verdad en lo que dice el otro, permitir veinte minutos de descanso antes de continuar, acercar una taza de café después de una conversación difícil.

Reparar no significa borrar lo sucedido, ni apresurarse a perdonar para evitar la incomodidad, sino recordar que el conflicto es algo que está ocurriendo dentro de la relación, pero que no tiene por qué convertirse en la definición completa de esa relación.

Quizá las parejas más sólidas no sean aquellas que han descubierto cómo no herirse nunca. Eso puede ser una exigencia imposible para dos seres humanos. Tal vez sean aquellas que han aprendido a reconocer antes las heridas y a no permitir que todas ellas terminen convirtiéndose en cicatrices.

Discutimos también porque todavía nos importa

Existe una paradoja hermosa y difícil en muchas discusiones amorosas. Nos enfadamos precisamente porque esperábamos algo. Queríamos ser vistos, escuchados, deseados, elegidos, recordados.

Teníamos la expectativa, a veces razonable, otras veces imposible, de que la persona que queremos comprendiera algo que para nosotros parecía evidente. Y cuando no sucede, protestamos. Por supuesto, esto no convierte cualquier protesta en saludable. Pero ayuda a entender por qué reducir el éxito de una relación al número de discusiones dice muy poco sobre su verdadera intimidad.

Quizá deberíamos formular otras preguntas.

¿Podemos estar en desacuerdo sin dejar de sentirnos emocionalmente seguros?

¿Podemos escuchar la experiencia del otro sin dedicar todo ese tiempo a preparar nuestra defensa?

¿Podemos aceptar que algo le dolió aunque nuestra intención no fuera hacer daño?

¿Podemos admitir una parte de responsabilidad sin sentir que hemos perdido?

¿Podemos permitir que la persona que amamos tenga una versión de la realidad distinta de la nuestra?

Y quizá la pregunta más difícil:

¿Podemos recordar quién tenemos delante cuando estamos enfadados?

Las parejas sanas también discuten. Lo hacen porque ninguna intimidad elimina por completo la diferencia. De hecho, cuanto más cerca estamos de alguien, más oportunidades tenemos de descubrir que esa persona no piensa, siente ni necesita exactamente como nosotros.

La verdadera medida de una relación quizá no sea cuántas veces aparece el conflicto, sino qué hacemos con esa diferencia cuando llega.

Si sabemos escuchar lo que existe detrás del reproche, podemos poner límites sin retirar el amor. Si todavía sentimos curiosidad por el mundo interior de alguien a quien creemos conocer desde hace años y si, después de habernos perdido por un momento en nuestras razones, sabemos encontrar alguna manera de regresar.

Porque querer no consiste siempre en estar de acuerdo. A veces consiste en descubrir que podemos estar profundamente en desacuerdo y, aun así, no convertirnos en enemigos.

Y quizá uno de los aprendizajes más íntimos de una relación larga sea este: hay momentos en los que dejar de intentar ganar no significa rendirse, sino recordar qué es exactamente lo que no queremos perder.